Nuestra historia: la promesa de Margot
Las pantallas de oro que mi madre vendió para traernos a Puerto Rico, y por qué después de 37 años cerramos nuestra joyería con hasta un 80% de descuento
Todo empezó con un barco, una promesa y unas pantallas de oro. El capítulo 7 explica por qué nuestras últimas piezas tienen hasta un 80% de descuento.
Antes de empezar
Me llamo Margot. Durante 37 años, mi esposo Vincent y yo abrimos cada mañana nuestra pequeña joyería. Él hacía cada pieza con sus manos y yo atendía a cada persona que entraba por la puerta.
Muchas clientas me han preguntado cómo una niña nacida en Córcega terminó hablando como boricua y vendiendo oro en Nueva York. La respuesta empieza con un barco, unas pantallas de oro y una promesa que tardé veintidós años en cumplir. Estos son los siete capítulos de nuestra historia. El último lo estamos viviendo ahora.
Ver la colección de oro →
1. Un barco desde Córcega
Nací en 1951 en un pueblito de Córcega, una isla pequeña en medio del Mediterráneo. Cuando tenía seis años, mi padre recibió una carta de un primo que trabajaba en una hacienda de café en Yauco, Puerto Rico. Decía que allí había trabajo y que las montañas eran tan verdes que dolía mirarlas.
Mi padre pidió prestado el dinero de los pasajes. Mi madre tenía una sola cosa de valor: unas pantallas de oro que le había regalado su abuela el día de su boda. Esa foto en el puerto de Ajaccio es la última en la que aparece con ellas. Al llegar a la isla las vendió para pagar lo que debíamos, y nunca más se quejó de eso.
"El oro se vende y se vuelve a ganar. Lo que no se recupera es el tiempo con los tuyos." – mi madre
2. Una niña corsa en las montañas de Yauco
Yauco me recibió como si hubiera nacido allí. Había más familias corsas de las que te imaginas: llegaron hace más de cien años a sembrar café, y todavía hoy hay apellidos corsos por toda la montaña. Aprendí el español antes que nadie en mi casa, y a los pocos meses ya hablaba como cualquier nena del barrio.
Mi madre cosía para afuera y cada domingo me hacía las trenzas en el balcón. Yo me fijaba en sus orejas sin pantallas. Un día, con nueve años, le prometí que algún día le iba a regalar otras. Ella se rió y me dio un beso. Yo lo dije en serio.
"Las cosas buenas se hacen despacio, como el café." – mi madre
Ver los más vendidos →
3. Una maleta y una promesa
En 1970 tenía diecinueve años y me fui a Nueva York, como tantos muchachos de la isla. Me llevé una maleta, un abrigo prestado que olía a naftalina y la dirección de una prima en el Bronx.
En el aeropuerto mi madre me abrazó tan fuerte que casi pierdo el vuelo. Al oído le repetí la promesa de las pantallas. Me contestó que lo único que quería era que la llamara los domingos. La llamé todos los domingos durante treinta años.
"Vete tranquila. Donde tú estés, ahí también es tu casa." – mi madre
4. La calle 47 y un joyero que hablaba como un boricua más
Trabajé en una fábrica de ropa, en una cafetería y limpiando oficinas, hasta que en 1976 conseguí trabajo en el mostrador de un taller de joyería de la calle 47, el barrio de los joyeros de Nueva York.
En la mesa del fondo trabajaba un muchacho del Bronx que se llamaba Vincent. Su padre era un joyero italiano y su madre una señora de Ponce, y se había criado entre arroz con habichuelas y boleros. El primer día me saludó con un "¿y tú de qué pueblo eres?" y cuando le dije que de Yauco, aunque nací en Córcega, se echó a reír: "Pues somos iguales, mitad de fuera y boricuas de corazón".
Él me enseñó el oro: a pesarlo en la mano, a mirarlo con la lupa, a distinguir una pieza bien hecha de una que se rompe al año. La primera vez que hablamos de verdad le conté lo de las pantallas de mi madre. Se quedó callado un rato y me dijo: "Entonces las vamos a hacer nosotros".
"Una joya se hace dos veces: una en el taller y otra cuando alguien la estrena." – Vincent
Ver la colección de oro →
5. La promesa cumplida
Nos casamos en 1978 en una iglesita de ladrillo, sin dinero y con mucha ilusión. Ese invierno Vincent se quedó muchas noches en el taller cuando todos se iban. Trabajaba en algo que no me dejaba ver.
En el verano de 1979 volvimos juntos a Yauco. En la cocina de la casa, Vincent sacó una cajita y se la dio a mi madre. Dentro había unas pantallas de oro, hechas a mano por él, igualitas a las que ella vendió en 1957.
Mi madre lloró como nunca la había visto llorar. Yo también. Ese día supe lo que quería hacer el resto de mi vida: que cada joya llegue a alguien que la va a llevar con el corazón.
"Veintidós años, Margot. Te tardaste veintidós años." – mi madre, riendo y llorando a la vez
6. Una vitrina prestada y 37 años de familias
En 1989 abrimos nuestra propia joyería, Margot & Vincent, con una sola vitrina prestada y una docena de piezas. Él en el banco de trabajo del fondo, yo en el mostrador, como siempre.
En estos 37 años hemos hecho pantallas para bautizos, esclavas para quinceañeras, anillos de compromiso y alianzas de boda. Han venido niñas que hoy traen a sus nietas. Nunca hemos trabajado en serie: Vincent revisa cada pieza antes de que salga del taller, y si no le convence, la vuelve a hacer.
"Las manos se cansan, pero el oficio no se olvida." – Vincent
Comprar ahora →
7. Por qué cerramos y por qué hasta un 80% de descuento
Este año Vincent ha empezado a necesitar más cuidados, y he tomado la decisión más difícil de nuestra vida: cerrar la joyería para estar a su lado. La tienda física ya ha cerrado. La tienda en línea solo seguirá abierta mientras queden piezas.
No vamos a reponer nada. Lo que queda son nuestras últimas piezas, y en vez de guardarlas en un cajón preferimos que lleguen a manos de familias como la nuestra. Por eso las hemos dejado hasta un 80% más baratas.
Y si eliges más de una, te sale todavía mejor:
- 2 piezas: 20% de descuento adicional
- 3 piezas: 25% de descuento adicional
- 4 piezas o más: 30% de descuento adicional
El envío es gratis a todo Estados Unidos y tienes 30 días para devolver tu pedido si algo no te convence. Cuando se acaben, cerraremos para siempre.
"Gracias por estos 37 años. Ojalá un pedacito de nuestra historia te acompañe ahora a ti." – Margot & Vincent
Lo que dicen nuestras clientas

«Compré los tres collares para llevarlos juntos y combinan a la perfección sin enredarse. La cadena de eslabones alargados es mi favorita, y el pequeño colgante trenzado brilla cada vez que me muevo. Llevo semanas poniéndomelos y siguen como nuevos.»

«Me daba miedo comprar un anillo por internet sin probármelo, pero la guía de tallas acertó de lleno. La piedra brilla mucho más en persona, y el aro fino se ve delicado sin parecer frágil. No me lo he quitado desde que llegó.»

«Compré esta alianza para nuestro aniversario y abrir la caja ya fue un momento especial. Las piedras están perfectamente alineadas en todo el aro, y queda igual de elegante sola que combinada con mis otros anillos. Mejor de lo que imaginaba.»

«El detalle de hojas del aro fue lo que me convenció, y en persona es todavía más bonito. Se ve cada pequeña línea del diseño. Es especial sin ser ostentoso, justo lo que buscaba. Me sorprendo mirándolo a cada rato.»

«Solo la caja ya parecía un regalo. Llegó bien protegida, y el acabado blanco con el logo dorado es tan elegante que ahora está en mi tocador. Con el descuento que tuve, de verdad no esperaba esta presentación.»

«Unos aros de oro sencillos eran lo único que me faltaba en el joyero. Son tan ligeros que puedo llevarlos todo el día sin que me molesten, y el acabado es precioso y suave. Combinan con todo, del trabajo a una cena. Ya le he pedido unos a mi hermana.»